lunes, 23 de septiembre de 2019

  Nuestra relación siempre tuvo altibajos. Íbamos y veníamos, como una puerta vaivén. Ambos éramos conscientes de lo mal que nos hacíamos, pero ninguno estaba dispuesto a sentir dolor. Pasaba mucho de estar juntos y no sentir absolutamente nada, en el ambiente corria viento helado, lleno de incomodidad; porque también era eso, sentirnos incómodos con la presencia del otro.
  Al principio todo era amor y coqueteo, nos reíamos a carcajadas con nuestros chistes. Nos sentíamos en las nubes, o por lo menos yo me sentía de esa forma, como si pudiera volar sin alas. Todo era soñado. Pero de a ratos, el sueño se transformaba en pesadilla. Te confesaba mis sentimientos por vos, y la respuesta era "mirá vos" o "¿Y a mí qué?". Todo lo que me decías, tenía una forma de lastimarme, tus comentarios fríos destrozaron mi corazón, poco a poco, pedazo a pedazo.
  Mi corazón amaba con tres mil caballos de fuerza, y el tuyo, a veces, no sabía lo que era amar.
  Con el paso del tiempo, un muro se interpuso entre nosotros. Construido por vos y tu miedo a seguir sintiendo amor, como si se hubiese transformado en tu fobia. Ese muro hizo que me golpeara fuertemente y me cortó el vuelo. Dejé de sentir amor, dejé de soñar y dejé de volar. Le puse un candado a mi corazón y tiré la llave bien lejos. Nadie podía ser capaz de lastimarme otra vez.

               Agustina.