Cinco días después, miró por la ventana del hospital cómo caía la lluvia. Eso le recordaba aquella mañana en la que su madre la llevó a conocer el mar. La brisa acarició sus mejillas, y aquello le provocó una sonrisa. La arena entre los dedos le ponía los pelos de punta, pero al mojarlos en el mar, todos los problemas se iban. Lo malo era que eso había dejado de pasar. En la habitación sus sábanas estaban en el suelo. Nada la cubría. No le daba pudor demostrar su desnudes, se había acostumbrado un poco a que la vieran así. Se levantó de la cama y caminó hacia la ventana, dispuesta a mojarse. También dispuesta a saltar.
Últimamente, no había sentido nada. Esos últimos días, ni siquiera la depresión tocó su puerta. La indiferencia no dejaba espacio para ningún otro sentimiento. ¿Acaso ella intentó sentirse mejor? Por supuesto que no, ¿Para qué? Los motivos eran escasos, no valía la pena molestarse. Tomó el último cigarrillo que le quedaba, y pensaba en lo poco que le importaba todo, mientras fumaba. Después de lo ocurrido, no dejó de considerar un posible suicidio. La tortura psicológica era lejos el motivo de su decisión. Disfrutaba la tortura que inconscientemente, o no, ella misma se generaba.
No se percató de que una enfermera había ingresado al cuarto. La misma que le arrebató el encendedor y el poco cigarrillo que restaba. Evitó escuchar el sermón y pensó en formas de asesinar a esa chillona. Agotaba su paciencia cada vez que le dirigía la palabra. Sin importarle si seguía allí o no, dijo sus primeras palabras en varios días, "o cierras la puta boca o te ahorco". Le produjo satisfacción ver la palidez de su enfermera, quién se retiró rápidamente. Jamás le incomodó ver en qué se había transformado. Le atraía la idea de haber hecho un giro de ciento ochenta grados en su vida.
Encontrarse en principios de anorexia no la preocupaba. Fue algo que ella misma provocó. No ingeria nada que no sea líquido. El suero la mantenía viva. Le hicieron creer que la anorexia solucionaba todos sus problemas. Y ella, les creyó. Y ella, defendió su creencia. Obligó a sus médicos deshacerse de todos los espejos de las zonas donde ella solía estar. Odiaba ver su reflejo. La volvía frágil como una rosa. Aquella fragilidad le recordaba su personalidad anterior, la cuál aborrecía. Volvió a la ventana, nuevamente dispuesta a mojarse, y a saltar. Consideró varias opciones para quitarse la vida. Todas le gustaban, y si fuera por ella, haría todas. Pero nadie revive. Mucho menos para deshacerse de aquella segunda oportunidad.
Dió vueltas y vueltas al asunto. No por miedo, eso sí que no. Fue porque, por un extraño segundo, pensó en sus afectos. Le provocó náuseas ese pensamiento. Después de lo que pasó, no había vuelto a pensar en los demás. Borró aquello de su cabeza y se la golpeó para asegurarse de haberlo olvidado. Comenzó a divagar cada vez más. El miedo retornó, impidiendo que haga cualquier cosa que implicara salir de la cama. Aún desnuda, se sentó en el suelo y, después de cinco días, lloró. Volvió a sentir algo, como si hubiera conocido sus emociones ese mismo día. Se sintió débil. Frágil. Rota.
Se llevó las manos a la cara, para cubrir su rostro. Nadie podía verla así, no quería poner en evidencia su debilidad. Todo lo que había pasado, le impedía pensar en otra cosa que no sea eso. Cómo si su cerebro estuviera bloqueado. Sintió lo que no había sentido en cinco días. Fue una tormenta de emociones. Tristeza. Rabia. Miedo. Pánico. Era mucho con lo que lidiar.
Tembló mucho. No sabía cómo controlar el cuerpo. No sabía cómo controlar sus emociones. La situación se le escapaba de las manos, le era imposible manejarlo sola. Por primera vez desde que llegó, presionó el botón para llamar a un médico. Temía que nadie fuera, por el comportamiento que había tenido con todos ellos. Sin embargo, la enfermera a la cual había amenazado, se presentó en la habitación. La miró detenidamente y le pidió que respirara lo más profundo posible.
Sentada, humillada y muy rota, intentó tranquilizarse. Quiso hablar, pero su enfermera le dijo que no lo hiciera, que se enfocara solamente en respirar. Pasaba el tiempo y la situación era la misma. Una en el suelo, otra de pie. Cuando creyó que por fin estaba todo el orden, sintió que el aire no entraba a su cuerpo. Haciendo de cuenta que no estaba respirando. Empezó a rasguñar su cuello, como si eso permitiera que fluya el aire. Desesperada, habló.
- Me voy a morir. Me estoy muriendo.
Dejó de ver con claridad y se desplomó en el suelo. Se dió por vencida y dejó que su cuerpo fluya como decidiera fluir. De todas formas, dormida o muerta, no sentiría absolutamente nada. Y así le gustaba ser. Insensible.
Agustina.
lunes, 29 de junio de 2020
martes, 16 de junio de 2020
Nunca se va
El sol brilla, con gran intensidad, pero no me calienta. Yo me siento fría, sola, triste. Dicen que estar al sol, te transmite felicidad. Hoy compruebo, que no es así. Mis mejillas comienzan a calentarse un poco, y ya no hay rastro de lágrimas. Se desvaneció. Mi pelo vuela libre, hacia muchas direcciones, sin despegarse de mi cuero cabelludo. En estos momentos, yo también quisiera ser libre. Arranco pastitos mientras pienso muchas cosas. Pobres pastitos, no tienen la culpa de nada. Me gustaría mucho poder ver más allá del portón de mi casa. Todo el mundo que me estoy perdiendo por estar aprisionada en mi casa.
Las nubes pasan, y sé que me miran con lástima. Si pudieran consolarme, lo harían. Me inunda la tristeza. Me abraza, me lleva a un lugar oscuro, donde a duras penas me veo las manos. La tristeza no se va. Está pegada a mí, no la puedo despegar. No me la puedo quitar de encima. Me absorbe todos los rayos de luz que me quedaban. Aquellos que me mantenían, dentro de todo, feliz. Aquellos que me distraían de esta pesadilla.
Se me nubla la vista. Poco a poco, todo desaparece de mi campo visual. Lo único que distingo, es el negro de la oscuridad, y el frío que la acompaña. La historia se repite, como otras incontables veces Juro que creí que se había ido. Pero no. El pánico, nunca se va.
Agustina.
Las nubes pasan, y sé que me miran con lástima. Si pudieran consolarme, lo harían. Me inunda la tristeza. Me abraza, me lleva a un lugar oscuro, donde a duras penas me veo las manos. La tristeza no se va. Está pegada a mí, no la puedo despegar. No me la puedo quitar de encima. Me absorbe todos los rayos de luz que me quedaban. Aquellos que me mantenían, dentro de todo, feliz. Aquellos que me distraían de esta pesadilla.
Se me nubla la vista. Poco a poco, todo desaparece de mi campo visual. Lo único que distingo, es el negro de la oscuridad, y el frío que la acompaña. La historia se repite, como otras incontables veces Juro que creí que se había ido. Pero no. El pánico, nunca se va.
Agustina.
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