El sol brilla, con gran intensidad, pero no me calienta. Yo me siento fría, sola, triste. Dicen que estar al sol, te transmite felicidad. Hoy compruebo, que no es así. Mis mejillas comienzan a calentarse un poco, y ya no hay rastro de lágrimas. Se desvaneció. Mi pelo vuela libre, hacia muchas direcciones, sin despegarse de mi cuero cabelludo. En estos momentos, yo también quisiera ser libre. Arranco pastitos mientras pienso muchas cosas. Pobres pastitos, no tienen la culpa de nada. Me gustaría mucho poder ver más allá del portón de mi casa. Todo el mundo que me estoy perdiendo por estar aprisionada en mi casa.
Las nubes pasan, y sé que me miran con lástima. Si pudieran consolarme, lo harían. Me inunda la tristeza. Me abraza, me lleva a un lugar oscuro, donde a duras penas me veo las manos. La tristeza no se va. Está pegada a mí, no la puedo despegar. No me la puedo quitar de encima. Me absorbe todos los rayos de luz que me quedaban. Aquellos que me mantenían, dentro de todo, feliz. Aquellos que me distraían de esta pesadilla.
Se me nubla la vista. Poco a poco, todo desaparece de mi campo visual. Lo único que distingo, es el negro de la oscuridad, y el frío que la acompaña. La historia se repite, como otras incontables veces Juro que creí que se había ido. Pero no. El pánico, nunca se va.
Agustina.
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