domingo, 23 de mayo de 2021

 Me siento inexpresiva. Incapaz de sentir cualquier emoción existente. Ni siquiera la tristeza, que sería la más común en estos momentos. Es como si tuviera un interruptor en mi cerebro, el cual me permite sentir, y estuviese en off.
 A causa de esto, me siento neutra. Y no me dan ganas de contarle a los demás todo esto; pero a su vez, siento la necesidad de hablarlo, para que me escuchen, para recibir apoyo. 
 Quiero evitar el apego emocional. Quiero evitar que mis emociones dependan de otras personas. Pero me cuesta muchísimo. Sé que la dependencia está mal, pero ya no sé qué hacer para que no me pase. Quizás el ser humano de por sí sea dependiente y sea algo inevitable.
 Me siento ridícula. Seguramente hay personas con problemas mucho más grandes, y yo acá, quejándome de que hoy, mis sentimientos se desvanecieron. Quizás mañana me sienta mejor, o quizás no y siga todo igual. Voy a tratar de sacar lo mejor de mí aunque me sienta como un cristal partido. Total, decir "solo es un mal día" un día más, no lastima a nadie.

Agustina.

sábado, 15 de mayo de 2021

Pensamientos en Parque Chas

 Estoy en Buenos Aires. No sé si el silencio se debe a la pandemia, o si se debe a que estoy en Parque Chas. Me encuentro en el cuarto piso de un edificio. Aunque me encantaría estar en un piso siete. ¿Por qué? No sé. Es un poco contradictorio, ya que tengo vértigo. Si, vértigo. 
 Estoy en el balcón de un cuarto piso en Parque Chas. Me da el sol en las piernas y en los pies descalzos. Ya van cuatro personas que veo paseando un perro, disfrutando del día a las 15:31hs. Tengo tres construcciones en frente. Hasta recién, reinaba un silencio majestuoso. Ahora los martillazos me comen la cabeza.
 Estoy en un balcón, sola. Y me pregunto... ¿Por qué no estás conmigo? Ojalá nosotros dos estuviéramos en un balcón. Mirando cómo pasa la gente, y lo chiquita que se ve desde tan alto. Se vería minúscula desde un piso siete. Sería lindo tomar mates y charlar sobre todo y nada, en el balcón. Ni hablar de la vista hermosa de Parque Chas, cuando el otoño se hace presente. Las plantas están llenas de colores, y sus hojas caen al suelo sin hacer ruido. Delicadamente. La brisa te envuelve y te invita a ponerte un sweater. 
 Estoy en un departamento, y pienso en lo agradable... No, lo increíble que sería que estuvieses vos. Amándonos como siempre, mientras nos damos cuenta de las pequeñas cosas de la vida que más adoramos. Mientras nos decimos solamente con la mirada, lo mucho que nos amamos.

Agustina. 

sábado, 8 de mayo de 2021

 El pasto está cubierto de hojas. Todas con diferentes tonalidades, pero compartiendo los colores otoñales. Además de admirarlas, me encanta pisarlas para escucharlas crujir. Una tras otra. Me siento como una niña de nuevo, y no puedo evitar pasar horas jugando con ellas. Mis favoritas siempre fueron las que tenían una mezcla de rojo y amarillo. Me recuerdan al fuego y a su calor. 
 El sol transmite una calidez leve, ya que el viento constante acaricia mi cuerpo brindandome un poco de frío. Se genera una temperatura agradable, que te invita a comer una mandarina sentada en el pasto. Si. Una buena mandarina. O unos mates mientras la música suena de fondo.
 Por un instante, todo el mundo parece estar en paz. Una paz real e infinita. El tiempo se detiene, y la vida transcurre sin su compañía. Sigo jugando con las hojas, porque mi niña interior aún no tiene ganas de irse. Quiere permanecer conmigo solo un poco más. Y yo la dejo, porque a decir verdad, la extraño mucho. Los años pasan volando y me alejo cada vez más de la niña que solía ser.
 Pareciera que el clima absorbe mi nostalgia, y las nubes cubren el sol. Cómo en señal de tristeza. Sonrío, creyendo que fue un gesto dirigido hacia mí, y el sol se abre paso nuevamente. El viento besa mi mejilla y me siento querida por la naturaleza. Siento un impulso por ser una con ella, e intento darle un abrazo.
 Me doy cuenta de que el tiempo volvió a presentarse. El sol comienza a desaparecer y la oscuridad se adueña de todo. La niña se desvanece porque le tiene miedo a la oscuridad, y la adulta es quien me acompaña. Me sugiere entrar a casa. No por temor, sino por frío. Al notar que temblaba, obedecí. Antes de ingresar, miré nuevamente la escena. Cerré los ojos, y en medio de un suspiro dije en voz alta: "Mañana voy a volver a hacer lo mismo". Y siguiendo los pasos del sol, me fui.

Agustina.