sábado, 8 de mayo de 2021

 El pasto está cubierto de hojas. Todas con diferentes tonalidades, pero compartiendo los colores otoñales. Además de admirarlas, me encanta pisarlas para escucharlas crujir. Una tras otra. Me siento como una niña de nuevo, y no puedo evitar pasar horas jugando con ellas. Mis favoritas siempre fueron las que tenían una mezcla de rojo y amarillo. Me recuerdan al fuego y a su calor. 
 El sol transmite una calidez leve, ya que el viento constante acaricia mi cuerpo brindandome un poco de frío. Se genera una temperatura agradable, que te invita a comer una mandarina sentada en el pasto. Si. Una buena mandarina. O unos mates mientras la música suena de fondo.
 Por un instante, todo el mundo parece estar en paz. Una paz real e infinita. El tiempo se detiene, y la vida transcurre sin su compañía. Sigo jugando con las hojas, porque mi niña interior aún no tiene ganas de irse. Quiere permanecer conmigo solo un poco más. Y yo la dejo, porque a decir verdad, la extraño mucho. Los años pasan volando y me alejo cada vez más de la niña que solía ser.
 Pareciera que el clima absorbe mi nostalgia, y las nubes cubren el sol. Cómo en señal de tristeza. Sonrío, creyendo que fue un gesto dirigido hacia mí, y el sol se abre paso nuevamente. El viento besa mi mejilla y me siento querida por la naturaleza. Siento un impulso por ser una con ella, e intento darle un abrazo.
 Me doy cuenta de que el tiempo volvió a presentarse. El sol comienza a desaparecer y la oscuridad se adueña de todo. La niña se desvanece porque le tiene miedo a la oscuridad, y la adulta es quien me acompaña. Me sugiere entrar a casa. No por temor, sino por frío. Al notar que temblaba, obedecí. Antes de ingresar, miré nuevamente la escena. Cerré los ojos, y en medio de un suspiro dije en voz alta: "Mañana voy a volver a hacer lo mismo". Y siguiendo los pasos del sol, me fui.

Agustina.

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