El sol transmite una calidez leve, ya que el viento constante acaricia mi cuerpo brindandome un poco de frío. Se genera una temperatura agradable, que te invita a comer una mandarina sentada en el pasto. Si. Una buena mandarina. O unos mates mientras la música suena de fondo.
Por un instante, todo el mundo parece estar en paz. Una paz real e infinita. El tiempo se detiene, y la vida transcurre sin su compañía. Sigo jugando con las hojas, porque mi niña interior aún no tiene ganas de irse. Quiere permanecer conmigo solo un poco más. Y yo la dejo, porque a decir verdad, la extraño mucho. Los años pasan volando y me alejo cada vez más de la niña que solía ser.
Pareciera que el clima absorbe mi nostalgia, y las nubes cubren el sol. Cómo en señal de tristeza. Sonrío, creyendo que fue un gesto dirigido hacia mí, y el sol se abre paso nuevamente. El viento besa mi mejilla y me siento querida por la naturaleza. Siento un impulso por ser una con ella, e intento darle un abrazo.
Me doy cuenta de que el tiempo volvió a presentarse. El sol comienza a desaparecer y la oscuridad se adueña de todo. La niña se desvanece porque le tiene miedo a la oscuridad, y la adulta es quien me acompaña. Me sugiere entrar a casa. No por temor, sino por frío. Al notar que temblaba, obedecí. Antes de ingresar, miré nuevamente la escena. Cerré los ojos, y en medio de un suspiro dije en voz alta: "Mañana voy a volver a hacer lo mismo". Y siguiendo los pasos del sol, me fui.
Agustina.
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