Nunca supe cuánto tiempo estuve viajando, y creo que nunca lo sabré. Constantemente oía voces, pero no decían nada, o quizás yo estaba negada a reconocer aquellas palabras. Me sentía muy aturdida, no podía parar de llorar porque tenía miedo. No sabía a dónde me estaban llevando, pero tenía la certeza de qué iba a pasar. Estaba destinada a las torturas.
No supe descifrar porqué. ¿Había conversado con algún sospechoso alguna vez? No podía recordarlo, aunque hacerlo no serviría de mucho. Ya me encontraba en camino a la pesadilla de cualquier argentino.
Recuerdo que cuando aquel vehículo frenó, comencé a temblar, muda, porque las palabras quedaron atascadas en mi garganta. Me tomaron del brazo y me bajaron a la fuerza, provocando que cayera. No les importó mi condición de embarazo, me golpearon de igual manera. Me sacaron la bolsa una vez dentro de aquel lúgubre y espantoso lugar.
Con mis ojos hinchados, pude ver qué no era la única embarazada, había muchas más. En un principio, ninguna se atrevía a hablar, un silencio ensordecedor se apoderó del lugar. Hacía frío y no había mucha luz, a duras penas nos mirábamos entre nosotras.
Comenzaron a llamarnos. Nos dijeron que unos doctores querían corroborar si nuestros embarazos iban bien. Y de ilusas, les creímos. Los golpes parecían perforar mi piel. Realmente eran como la mayoría creíamos: unas bestias. No existía compasión hacia nosotras. Podía escuchar constantemente los gritos de mis compañeras, los llantos y las súplicas. El silencio se inundaba con plegarias y lloriqueos, era un ambiente horrible.
* * *
Pasaron los meses, y no me habían soltado. Las mujeres iban y venían, pero yo siempre me quedaba. Mi marido nunca vino a verme. Mi familia nunca me reclamó. Yo, muerta de miedo, rogaba para que no me tocará, lo cual era inútil. Tenía moretones y cortes en todo el cuerpo. Vivía cansada porque apenas podía conciliar el sueño, y ya no tenía fuerzas para seguir.
No quise lamentarse cuando rompí bolsa, pero, lastimosamente, lo hice. Desesperada, grité y tardaron muchísimo tiempo en atenderme; tanto, que estuve a punto de dar a luz. Me golpearon mientras me decían que tendría que haber avisado antes, pero. ¿Cómo si ni siquiera eran capaces de escuchar mis súplicas?
Me llevaron a otra zona de aquel lugar. Incluso más horrible que la anterior. Tuve que dar a luz en unas pésimas condiciones, todo el lugar estaba sucio y seguramente muchas mujeres tuvieron que parir en el mismo lugar que yo. Probablemente nunca limpiaron aquella mesa fría.
No fue como yo lo había imaginado. En mi mente idealizaba un instante hermoso y emotivo, pero en la realidad, fue asqueroso y doloroso. Yo estaba segura de que el lugar irradiaba negatividad. Tenía la esperanza de que me dejaran sostener a mi precioso hijo, porque pude notar que tenía miembro masculino, pero no fue así. Me dejaron ahí, sola, con la visión de mi hijo, que no fue por mucho tiempo. Me dijeron que se lo iban a dar a mi familia, pero me negaba a creerles.
Volví al lugar de siempre. Estaba sola y ya no me apetecía vivir después de que se llevaran a mi niño a la fuerza. Mis ojos no daban abasto de tantas lágrimas, y mi garganta ya me dolía de tanto gritar. Me sentía devastada, sin ganas de seguir.
Pasaron unos pocos días del parto y me llamaron. Tenía miedo. Cuando llegué, ocurrió lo mismo. Me taparon la cabeza con una bolsa. Sentía que todo volvía a repetirse, pero ahora no tenía miedo, ni siquiera me importaba.
Me dejaron por ahí, no les importó mucho en dónde. Miré para todos lados paya ver si reconocía algo, algún cartel o alguna casa, pero no fue así. Me acerqué a una mujer de unos treinta y tantos años para preguntarle. “Esto es Belgrano señora”, eso fue lo que me dijo y sentí alivio. No estaba tan lejos como creía. Me daba pudor contarle lo que me había pasado, en ese momento el miedo abundó en mi y me fui. Caminé sin parar, me dolían las piernas. Quería llegar a casa y ver a mi marido para llorar y contarle el espanto que había vivido.
Veía todo tan diferente, ¿Cuánto tiempo habré estado? Dos meses seguro, porque tuve a mi hijo. ¿Estuve más? No lo sabía.
Llegué a mi hogar, después de unas cuantas horas. No tenía noción de absolutamente nada. Mi marido no lo podía creer cuando me vio. “Me dijeron que estabas muerta”. Se me cayó el mundo a mis pies. Ellos siempre mentían, no dejaban de hacerlo ni un segundo. Y yo no me animaba a decirle a Esteban todo lo que había pasado, pero cuando vio que no tenía panza y tampoco nuestro hijo en brazos, supuso lo que había ocurrido.
No pude terminar de contarlo todo. Me quebraba en lágrimas cada vez que empezaba, y ni siquiera llegaba a la mitad de lo ocurrido. Él no podía verme llorar, jamás lo toleró. Ambos éramos presos de la furia, la tristeza y la agonía. Habíamos buscado tanto tiempo un hijo… y nos lo arrebatan así sin más, como si ellos controlaran nuestras vidas.
Nunca pude contarle todo a Esteban, pero aún así, de alguna forma, comprendía mi dolor. Y por sobre todas las cosas, lo sentía conmigo.
* * *
Me dolía ver bebés de conocidas y desconocidas. No podía hacerlo sin llorar. Me odiaba a mí y a los militares. Se llevaron a nuestro bebé, mí bebé, lo único realmente propio que tenía. Me lamentaba día y noche, a todas horas, a veces lo único que hacía en el día era llorar. Esteban ya no sabía qué hacer para consolarme o para sacarme una sonrisa. Me había convertido en alguien que no conocía, estaba deprimida, podía notarlo, pero no quería admitirlo. Yo tenía el presentimiento de que algún día se me iría.
Una tarde decidimos salir a caminar, para distraerme un poco. Y pasó aquello que no podíamos creer. Se había anunciado que iban a haber elecciones ya que Galtieri renunció. Nos miramos sin poder creerlo, y por primera vez en mucho tiempo, sonreí. Terminaría, la pesadilla terminaría. Y quizás podría encontrar a mi bebé, a mi niño, a mi hijo. Tenía fe, esperanza, certeza, todo junto.
El día de las elecciones estaba nerviosa. No sabía qué iba a pasar, nadie lo sabía.
Estaban por anunciar quien había ganado, y tanto Esteban como yo estábamos nerviosos. Parecía que tardaban una eternidad para dar los resultados, hasta que en la radio se escuchó que Alfonsín era el nuevo presidente. Me desplomé de la felicidad, o eso creí yo. Y cuando escuchamos que se iba a hacer justicia por lo ocurrido, ambos nos pusimos a llorar.
Salí de casa y me encontré con mi vecina, que estaba igual de feliz que yo. Fue cuando entonces me dijo que ella se iba a unir al grupo Madres de plaza de Mayo. Le pregunté de qué iba, su respuesta me congeló la sangre. La acompañé sin dudarlo. Al llegar contemplé con mis ojos anonadados la cantidad de mujeres que buscaban sus hijos o nietos. Era un grupo inmenso y todas habíamos perdido lo que más queríamos con el corazón. Entre nosotras, nos ayudamos lo que más podíamos. Me sentí realizada cuando ayudé a una de las muchachas, sus ojos iluminados irradiaban una felicidad que te hacía llorar de emoción.
Yo seguí sin encontrarlo. Iba a llamarlo Patricio, ¿Cómo se llamará ahora? ¿Lo amarán? De pensarlo se me vuelven a escapar lágrimas, pero intento ser fuerte. Voy a seguir mi búsqueda.
Pasan los meses y no tengo señales, cada día que pasa pierdo más mis esperanzas.
* * *
Perdí la cuenta de los años que pasaron. Y perdí de lleno la esperanza, me di por vencida hoy 27 de julio de 1996. Lo mire a Esteban que ya había superado lo ocurrido, pues teníamos una hija de tres años y éramos felices. Pero yo continuaba dolida por la perdida de Patricio.
Mi vecina me había dicho que muchos eran jóvenes aún como para entender que sus padres podrían no ser sus padres, sino desconocidos. Pero a mí no me importaba, negaba que eso pudiera pasar. Estaba siendo egoísta con mi propio hijo, que horror de madre.
Me había olvidado por completo de todo cuando ocurrió. Se me acercó un joven y comenzó a hacerme preguntas relacionadas con lo que viví. Me incomodé y no pude responder todas sus preguntas, era raro hablar y decirlo en voz alta. Él me entendió y dejó de hacerlo, pero después tuve un pequeño destello de imaginación y me acerqué a él. “¿Dudas de que tus padres sean ellos realmente?”, su respuesta afirmativa me dió esperanza. “Me nombraron una tal Lira, pensaban que ella podría ser mi madre, pero no logro encontrarla”. Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez, de felicidad. Lo abracé y la principio no entendió.
Bastó con mirarlo bien a los ojos para que él también llorara. “Soy yo hijo, soy yo”, dije entre sollozos. Nos fundimos en un abrazo enorme. Me dijo que se llamaba Lucas y me preguntó cómo me hubiera gustado llamarlo, y le respondí. Me dijo que podía ser su segundo nombre, Lucas Patricio, y asentí.
Cuando llegué a casa, Esteban no entendía la situación, y al explicarle no pudo evitar caer sentado sobre la silla. Anonadado, se paró y abrazó a su hijo de unos 19 años, nuestro hijo perdido. Agradecí al tiempo, agradecí a mi vecina, pero sobre todo, agradecí a las madres de Plaza de Mayo. Ellas lo lograron, sé que fueron ellas.
Me sentía llena, completa y muy feliz. Mi pequeño Esteban estaba con nosotros y nos decía mamá y papá. Volví a creer en las segundas oportunidades y volví a tener fe. Si uno cree, con el tiempo las cosas pasan, y nos sorprenden.
Agustina.