La sonrisa que tenía en la cara, se desvaneció en el momento en que me miró fijo y con el semblante serio. Me paré y caminé hacia donde se encontraba. Atravesé la puerta sola, mirando por última vez, a aquella amiga que me había acompañado. Me senté y me dijo que no tenía buenas noticias. Comenzó a contarme todo detalladamente, y yo la escuchaba atenta y asustada. Mientras ella seguía explicándome todo, yo me entristecía más, al punto en el que dejé de escuchar, porque mis pensamientos no me lo permitían.
Me puse de pie porque no podía seguir tolerando la situación. El pomo de la puerta estaba en mi mano, y la suya me tomaba del brazo. Me pedía por tercera vez que me volviera a sentar. Los ojos se me llenaban de lágrimas, no podía contenerlas, se resbalaban de mis ojos hacia mis mejillas. Por la ventana podía verse como brillaba el sol. ¿No era que las cosas malas pasaban los días nublados o de lluvia? Ella me seguía hablando, mientras que yo me esforzaba por no escucharla. Sus palabras me dolían. Atravesaban mi cuerpo, tocando mi corazón que cada vez se rompía más.
Atendiendo sus súplicas, volví a sentarme en la silla, la cual ahora me parecía helada. Nos miramos fijamente por unos segundos, hasta que bajé la mirada porque ya no podía sostenerla. Me cubrí la cara y comencé a llorar, silenciosamente, para que mi amiga no pudiera escucharme.
Las dos sabíamos que yo no estaba preparada para esto. Pero el destino decidió que sí. Y yo, soy una simple humana, que no puede hacer nada contra él. A mi corta edad, no terminaba de entender todos los riesgos que corría, y tampoco como es que esto había pasado. Bueno, si entendía cómo pasó, pero jamás me lo esperé. Me di cuenta de que no alcanzaba con cuidarme a mí misma. Ella, sin saber lo que realmente pasó, dijo que mi egoísmo me trajo hasta acá. No dejaba de repetírmelo, "Si le hubieras pedido al otro que también se cuidara, esto no hubiera pasado". Pero mi cabeza repetía que podía pasar igual, cada vez que ella lo mencionaba. No siempre sirve que ambos nos cuidemos.
A mí me habían dicho que, si yo me cuidaba, nada malo me iba a pasar. Yo, de ingenua, me lo creí. Me encontraba en el consultorio de una ginecóloga, con un problema que sola no podía solucionar. Necesitaba que alguien me ayudara, pero no quería que mis padres lo supieran. Cuando ella lo sugirió, yo negué con la cabeza, no estaba preparada para decirles algo así. Iban a decepcionarse y a dejarme en la calle por eso.
Cuando salí, mi amiga no dejaba de hacerme preguntas. Le mentí diciendo que todo estaba bien, porque sabía que iba a preocuparse, y no me sentía con ánimos para dar lástima. Se ofreció a acompañarme a casa, pero le dije que prefería ir sola.
Lloré en el camino. No tenía claro que hacer al respecto. Sabía que mis padres tarde o temprano se enterarían de todo, eso era lo que me generaba más miedo, que pensarían ellos de mí. No quería llegar a casa, quería dar más vueltas para ver si se me aclaraba la cabeza. Pero podía pasar nuevamente lo que había ocurrido, y no es algo que una chica desearía que le ocurra.
Seguía llorando cuando pasé por la puerta. Ambos me miraron preocupados, y mamá se acercó a mí para abrazarme. No sabía por dónde comenzar, había muchos principios que conducían al mismo final. Con un hilo de voz, les pedí que se sentaran y escucharan lo que tenía para decirles. Me dolía en el alma ver sus caras mientras contaba la historia, se les caían las lágrimas como a mí. Estaban igual de tristes que yo. Sus ojos reflejaban dolor.
Los dos se pararon y me abrazaron. Contuvieron, como siempre lo hicieron, a su pequeña hija. Su tesoro, quien, además de haber sido violada por un desconocido que, milagrosamente, no logró matarla, lidiaba con un embarazo no deseado y sida.
Agustina.
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