El pasto, también mojado, se había llenado de diminutos charcos de lluvia. Elena, divertida como siempre, decidió que no era mala idea chapotear en ellos. Le recordaba a su niñez, y todos seguimos teniendo ese niño interno. Ella no era la excepción. Sus zapatillas se mojaron aún más de lo que estaban antes, pero esos minutos de diversión habían valido la pena. Se olvidó por completo del libro, que entre salto y salto, cayó al suelo para terminar de arruinarse.
Al percatarse de su error, Elena no pudo evitar dar un pequeño grito de susto. El mismo que alertó a su perra Nala, la cual fue desesperada en busca de su dueña. Con el libro en manos y su perra lamiendo sus piernas, Elena se dirigió a su casa para ver si podía solucionar aquel accidente. Una vez dentro, miró a su madre con cara de pena. Buscó su secador de pelo y comenzó a secar, como pudo, hoja por hoja de aquel libro. Luego de varios intentos en vano, decidió que ya no había nada que hacer para salvarlo. Estaba arruinado.
Triste, decidió sentarse cerca de la ventana para mirar las gotas caer. La culpa dominaba sus pensamientos.
-Si hubiera entrado a casa cuando empezó a llover, esto no hubiera pasado.
En aquel momento que decidió dejar de pensar en el libro, se percató de que tenía una hermosa margarita frente a sus narices. Al ser su flor favorita, no pudo evitar ponerse feliz y olvidarse temporalmente de la tristeza. Aquella margarita era blanca, pequeña y Elena aseguraba que también tenía un aroma único, y que sus pétalos además de ser suaves, eran frágiles. La gotas de lluvia posadas en los pétalos, daban la sensación de que estaban reposando. Fue en busca de una hoja y sus materiales de dibujo, y centró toda su atención en dibujar dicha flor.
Ninguno de sus bocetos la convencían. Volvió a intentar retratar infinitas veces la margarita, hasta que por fin, uno de los dibujos la enamoró. Había dibujado hasta las gotas en sus pétalos, y los capullos del alrededor que aún no habían florecido. La vida plena, y la que aún no terminaba de surgir.
Al voltearse para mostrarle su obra maestra a su madre, notó que la misma tenía una bolsa en sus manos. Elena acumuló lágrimas de felicidad en sus ojos, hasta que cayeron sobre su nuevo libro. Que en realidad era el mismo que se arruinó horas atrás. Estaba tan inmersa en intentar retratar a la margarita, que no se dio cuenta de que su madre había salido de casa. Agradecida, le dio un abrazo y siguió con aquella lectura que la lluvia interrumpió.
Agustina.