Se me escapó una lágrima. No sabía muy bien de qué. ¿Tristeza? ¿Decepción? ¿Bronca? Le envié un mensaje a Sofía, para decirle que estaba sola, en tu cama, sin ningún rastro de tu existencia. Claramente no iba a responderme, pero necesitaba desahogarme con alguien que pudiera entender mi situación y cómo me sentía. Me senté en el borde de la cama y agarré mi ropa, dispuesta a irme y no volver a dirigirte la palabra nunca más. ¿Cuántas veces me habré hecho esa promesa a mí misma? ¿Cuántas veces volví a romperla por que tú encanto podía conmigo? Lo que más me enfurecía, es que me habías prometido que ibas a cambiar, porque realmente me amabas. Y yo te creí. Recordé que mi bolso estaba en la cocina. Que lo tiré porque tus labios me atraparon para no soltarme hasta que ambos estuviéramos satisfechos.
Al salir de la habitación, te veo ahí, cocinando panqueques. Mis favoritos para el desayuno. Te volteaste y caminaste hacia mi para darme un beso en la comisura de los labios, y decirme "buenos días durmiente". Te miré a los ojos, y puedo jurar que solamente ví amor. Estabas dispuesto a cambiar por mí, y a brindarme tu mejor versión. Me senté en el sillón y desayunamos juntos.
No necesitaba nada más.
Agustina.