jueves, 26 de noviembre de 2020
domingo, 25 de octubre de 2020
Neutro
lunes, 5 de octubre de 2020
Reloj
viernes, 2 de octubre de 2020
Huella
jueves, 1 de octubre de 2020
miércoles, 2 de septiembre de 2020
miércoles, 26 de agosto de 2020
Expresarse
jueves, 30 de julio de 2020
lunes, 27 de julio de 2020
Hasta que...
Te miro a través de
la ventana, mientras cae la nieve. Te subís al auto sin mirar atrás. Sin mirarme
a mí. Porque parece que ya estás acostumbrado a mirarme todos los días. Todavía
sostengo la taza de café con ambas manos, mientras el vapor calienta mi cara.
Haces marcha atrás y seguís a toda velocidad, como si estuvieras llegando tarde.
Vos nunca llegas tarde.
Mi mirada se pierde en el asfalto, que tiene nieve en los costados, conectándose con el jardín del frente de nuestra casa. Cuando vuelvo a la realidad, doy un sorbo a mi taza y la dejo en la mesa ratona. Escucho el sonido de la tostadora y me levanto del sillón para terminar de preparar mi desayuno. Queso untable y mermelada de frambuesa. No existe mejor combinación para unas tostadas. Vuelvo a sentarme y enciendo el televisor para ver las noticias. Al ver que hay otra chica desaparecida, cambio de canal. La angustia me recorre todo el cuerpo y comienzo a temblar. Siento un escalofrío y trato de no recordar nada. Mi cabeza solo piensa en que tengo que terminar unas cosas del trabajo. Busco mi computadora y comienzo con todo lo que me quedó pendiente de ayer.
Luego de un par de horas, decido volver a encender el televisor, y me encuentro con mi película favorita en Fox, “La propuesta”. Decido dejarla para alegrar un poco este día gris. Daría todo por ser como la protagonista. Linda y exitosa. Pero mis posibilidades me permitieron ser correctora en Argentina. Por ahora no puedo darme el lujo de irme del país. Doy otro sorbo y me río por una de las escenas. Mirar esto es, definitivamente, un botón de “reiniciar el día”. Pienso en aquella tarde en la que nos casamos, la felicidad de ambos por estar ahí, comprometiéndonos hasta que la muerte nos separe. Recuerdo tu enorme sonrisa. Aquella que tanto me conquistó desde el día en que te conocí. Te veía sonreír y no podía creer que existiera algo tan hermoso. Siempre fuiste la única persona que conocía todos mis secretos.
Termina la película y noto que se me caen lágrimas de emoción, como siempre. Si la hubiéramos visto juntos, hubieras dicho "Mi mujer siempre llora con lo mismo", mientras me secas las lágrimas. Tomo las cosas y las llevo a la cocina para lavarlas. Veo el reloj y me percato de que ya son las doce del mediodía. Tomo un par de cosas de la heladera y comienzo a preparar tortilla de papa, tu favorita, mientras espero a que llegues.
Es casi la una y todavía no llegaste, entonces decido poner la mesa para que, al llegar, almuerces directamente. Pasa media hora, todavía nada. Te llamo pero me da directamente con el buzón. Pienso que quizás tenías mucho trabajo y tuviste que quedarte. Pero si vos nunca llegas tarde... Escucho el timbre y abro la puerta. Junto con tu reloj, me entregan las malas noticias. Tuviste un accidente, a dos cuadras de nuestra casa. Ibas muy rápido, como si fueras a llegar tarde... Cuando nunca lo hacías. Mientras proceso la información, doy las gracias y cierro la puerta. Al voltearme lo primero que veo es nuestra foto de aquel día que tanto pensaba hace unos minutos. Tu sonrisa, la que voy a ver solamente en fotografías o recuerdos. Nuestra promesa escrita en un papel...
... Hasta que la muerte nos separe.
Agustina.
viernes, 3 de julio de 2020
El frío me abraza y la soledad trata de consolarme. Quedaron un par de cosas tuyas, como por ejemplo, la remera que te robé para usarla de pijama. Ya no me apetece usarla. Me recuerda a vos, y a que ya no estás. Pienso en transformarla en un trapo, o donarla. Me parece sano hacerlo, para poder sanar yo la herida que vos me generaste.
No tengo ganas ni de salir de la cama. Prefiero ahogarme en mis lágrimas y perderme en mis pensamientos. Me pongo lo auriculares y ruego que no aparezca nuestra canción. Y antes de terminar de decirlo, suena "Mírenla" de Ciro y los Persas. Me hundo en la melancolía, aguantando las ganas de llamarte y decirte que vuelvas, que la casa sin vos está vacía y que hace más frío si no me abrazas. Podría cambiar la canción y dejar de quejarme o llorar, pero por un lado me gusta saber que puedo tenerte conmigo a través de la música. Me gusta saber que todavía estás conmigo, a través de mis recuerdos.
Agustina.
lunes, 29 de junio de 2020
Insensible
Últimamente, no había sentido nada. Esos últimos días, ni siquiera la depresión tocó su puerta. La indiferencia no dejaba espacio para ningún otro sentimiento. ¿Acaso ella intentó sentirse mejor? Por supuesto que no, ¿Para qué? Los motivos eran escasos, no valía la pena molestarse. Tomó el último cigarrillo que le quedaba, y pensaba en lo poco que le importaba todo, mientras fumaba. Después de lo ocurrido, no dejó de considerar un posible suicidio. La tortura psicológica era lejos el motivo de su decisión. Disfrutaba la tortura que inconscientemente, o no, ella misma se generaba.
No se percató de que una enfermera había ingresado al cuarto. La misma que le arrebató el encendedor y el poco cigarrillo que restaba. Evitó escuchar el sermón y pensó en formas de asesinar a esa chillona. Agotaba su paciencia cada vez que le dirigía la palabra. Sin importarle si seguía allí o no, dijo sus primeras palabras en varios días, "o cierras la puta boca o te ahorco". Le produjo satisfacción ver la palidez de su enfermera, quién se retiró rápidamente. Jamás le incomodó ver en qué se había transformado. Le atraía la idea de haber hecho un giro de ciento ochenta grados en su vida.
Encontrarse en principios de anorexia no la preocupaba. Fue algo que ella misma provocó. No ingeria nada que no sea líquido. El suero la mantenía viva. Le hicieron creer que la anorexia solucionaba todos sus problemas. Y ella, les creyó. Y ella, defendió su creencia. Obligó a sus médicos deshacerse de todos los espejos de las zonas donde ella solía estar. Odiaba ver su reflejo. La volvía frágil como una rosa. Aquella fragilidad le recordaba su personalidad anterior, la cuál aborrecía. Volvió a la ventana, nuevamente dispuesta a mojarse, y a saltar. Consideró varias opciones para quitarse la vida. Todas le gustaban, y si fuera por ella, haría todas. Pero nadie revive. Mucho menos para deshacerse de aquella segunda oportunidad.
Dió vueltas y vueltas al asunto. No por miedo, eso sí que no. Fue porque, por un extraño segundo, pensó en sus afectos. Le provocó náuseas ese pensamiento. Después de lo que pasó, no había vuelto a pensar en los demás. Borró aquello de su cabeza y se la golpeó para asegurarse de haberlo olvidado. Comenzó a divagar cada vez más. El miedo retornó, impidiendo que haga cualquier cosa que implicara salir de la cama. Aún desnuda, se sentó en el suelo y, después de cinco días, lloró. Volvió a sentir algo, como si hubiera conocido sus emociones ese mismo día. Se sintió débil. Frágil. Rota.
Se llevó las manos a la cara, para cubrir su rostro. Nadie podía verla así, no quería poner en evidencia su debilidad. Todo lo que había pasado, le impedía pensar en otra cosa que no sea eso. Cómo si su cerebro estuviera bloqueado. Sintió lo que no había sentido en cinco días. Fue una tormenta de emociones. Tristeza. Rabia. Miedo. Pánico. Era mucho con lo que lidiar.
Tembló mucho. No sabía cómo controlar el cuerpo. No sabía cómo controlar sus emociones. La situación se le escapaba de las manos, le era imposible manejarlo sola. Por primera vez desde que llegó, presionó el botón para llamar a un médico. Temía que nadie fuera, por el comportamiento que había tenido con todos ellos. Sin embargo, la enfermera a la cual había amenazado, se presentó en la habitación. La miró detenidamente y le pidió que respirara lo más profundo posible.
Sentada, humillada y muy rota, intentó tranquilizarse. Quiso hablar, pero su enfermera le dijo que no lo hiciera, que se enfocara solamente en respirar. Pasaba el tiempo y la situación era la misma. Una en el suelo, otra de pie. Cuando creyó que por fin estaba todo el orden, sintió que el aire no entraba a su cuerpo. Haciendo de cuenta que no estaba respirando. Empezó a rasguñar su cuello, como si eso permitiera que fluya el aire. Desesperada, habló.
- Me voy a morir. Me estoy muriendo.
Dejó de ver con claridad y se desplomó en el suelo. Se dió por vencida y dejó que su cuerpo fluya como decidiera fluir. De todas formas, dormida o muerta, no sentiría absolutamente nada. Y así le gustaba ser. Insensible.
Agustina.
martes, 16 de junio de 2020
Nunca se va
Las nubes pasan, y sé que me miran con lástima. Si pudieran consolarme, lo harían. Me inunda la tristeza. Me abraza, me lleva a un lugar oscuro, donde a duras penas me veo las manos. La tristeza no se va. Está pegada a mí, no la puedo despegar. No me la puedo quitar de encima. Me absorbe todos los rayos de luz que me quedaban. Aquellos que me mantenían, dentro de todo, feliz. Aquellos que me distraían de esta pesadilla.
Se me nubla la vista. Poco a poco, todo desaparece de mi campo visual. Lo único que distingo, es el negro de la oscuridad, y el frío que la acompaña. La historia se repite, como otras incontables veces Juro que creí que se había ido. Pero no. El pánico, nunca se va.
Agustina.