jueves, 26 de noviembre de 2020

Abro los ojos, y aún sigo sintiéndome atontada. Como si aquella sobredosis de besos, me hubiera embriagado y ahora tuviera resaca. Me doy vuelta, para poder verte dormido y darte un beso de buenos días, pero me encuentro con que no estás del otro lado de la cama. Te busco con la mirada por el resto del cuarto. Tampoco veo tu ropa, que ayer te quité como si fuera algo que solamente estorbaba. Agarro el celular para ver la hora. Son las once y treinta y dos de la mañana. No tengo notificaciones tuyas, pero sí de mi mamá, preguntándome dónde estoy y en dónde dormí. Me da vergüenza decirle que, como una tonta, caí en las trampas de aquel amor que ella me dijo infinidad de veces, que no era para mí. Y me decepcioné. 
Se me escapó una lágrima. No sabía muy bien de qué. ¿Tristeza? ¿Decepción? ¿Bronca? Le envié un mensaje a Sofía, para decirle que estaba sola, en tu cama, sin ningún rastro de tu existencia. Claramente no iba a responderme, pero necesitaba desahogarme con alguien que pudiera entender mi situación y cómo me sentía. Me senté en el borde de la cama y agarré mi ropa, dispuesta a irme y no volver a dirigirte la palabra nunca más. ¿Cuántas veces me habré hecho esa promesa a mí misma? ¿Cuántas veces volví a romperla por que tú encanto podía conmigo? Lo que más me enfurecía, es que me habías prometido que ibas a cambiar, porque realmente me amabas. Y yo te creí. Recordé que mi bolso estaba en la cocina. Que lo tiré porque tus labios me atraparon para no soltarme hasta que ambos estuviéramos satisfechos. 
Al salir de la habitación, te veo ahí, cocinando panqueques. Mis favoritos para el desayuno. Te volteaste y caminaste hacia mi para darme un beso en la comisura de los labios, y decirme "buenos días durmiente". Te miré a los ojos, y puedo jurar que solamente ví amor. Estabas dispuesto a cambiar por mí, y a brindarme tu mejor versión. Me senté en el sillón y desayunamos juntos. 
No necesitaba nada más. 

Agustina.

domingo, 25 de octubre de 2020

Neutro

 Como todo el mundo, tengo días buenos, días malos, y... Solo días. Días en los que todo gira en torno a la neutralidad. Dónde las cosas dan igual, y los sentimientos se toman un tiempo; dejándonos sin expresiones, ni palabras. 
 Días neutros en los que no encuentro la diferencia entre la música tranquila, y la música para salir. Y al ser tan transparente, mi cara también está neutra. Inexpresiva. Solo... Está como está. Y yo estoy como estoy.
 
  Agustina.

lunes, 5 de octubre de 2020

Reloj

Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac. El reloj sonando constantemente, mientras le pido que por favor de detenga. Ignora mi petición y mis lágrimas, y continúa sonando. Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac. Mi llanto se transforma en gritos de dolor. De ese dolor que oprime el pecho, e impide respirar. De ese dolor que, lentamente, te va matando. Me digno a mirar la hora. Solamente pasaron diez minutos. Y los siento como una eternidad. Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac. Comienzo a desesperarme. Me sudan las manos y de repente siento un calor descomunal. Un calor que provoca que me ahogue. Que provoca que me quede sin aire. Me quito la ropa innecesaria y sigo esperando.
 Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac. El reloj sonando constantemente, mientras le suplico nuevamente que por favor se detenga. Otra vez me ignora, y continúa sonando. Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac. Miro la hora. Solamente pasaron quince minutos. El calor se transforma en frío. Un frío que recorre toda mi espalda. Vuelvo a ponerme la ropa y sigo esperando. Pero con menos esperanza que antes.
 Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac. No suplico nada más. La eternidad es la misma, por más de que hayan transcurrido cinco minutos. Pierdo todas las esperanzas. No queda ni un poco en mi corazón. Que en cualquier momento dejará de ser mío. Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac. Observo mi alrededor. Todos bajan la vista. Veo decepción en cada una de esas caras. Perdieron las esperanzas, al igual que yo. Doy media vuelta y salgo por la puerta. Me dirijo a la sala de espera y ahí los veo. Todos inquietos. Preocupados. Próximamente tristes.
 Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac. Lo único que escucho, una y otra vez. Tic-tac. Tic-tac. Tic... Todo se detiene, y escucho lo que estaba esperando escuchar. "Hora de muerte, 04:18". Realmente lo intenté, pero no pude sobrevivir. Pero el reloj en mi muñeca, si.

Agustina. 

viernes, 2 de octubre de 2020

Huella

 Vi cómo levantaste tus cosas y decidiste irte. Las conversaciones de habían transformado en peleas. Una detrás de otra. Dejamos de tenernos paciencia. Dejamos de querer lo que éramos. Nuestra relación se había convertido en una guerra constante. Todos lo sabían. Pero nosotros tardamos en darnos cuenta.
 No se te escapó ninguna lágrima. Tu frialdad y tu orgullo no te lo permitían. Vos no te lo permitías. Jamás te vi llorar. Jamás te dí consuelo. Me esquivaste como si fuera un obstáculo en tu vida. Ni siquiera fuiste capaz de despedirte. Mi corazón te observaba confundido, porque no entendíamos qué te habíamos hecho. Qué le hicimos a la relación.
 Cerraste la puerta con fuerza. Descargaste toda tu furia. Me quedé sola en la casa. Lo único que me dejaste, fue tu ausencia. Y una tristeza indescriptible. Quedó una marca en mí. Una huella de tu amor y la felicidad que me diste alguna vez. Pero que nunca más me vas a transmitir. Y nadie va a poder borrar la huella del que fue y será, mi alma gemela.

Agustina.

jueves, 1 de octubre de 2020

La lluvia quería limpiar con sus pequeñas gotas, la sangre derramada. Mi sangre derramada. Las palabras cada vez eran menos comprensibles, como si hablaran un idioma diferente. Aquello que me pareció una lengua extraña, terminó por convertirse en la nada misma. No más balbuceos. Me desconecté por completo del mundo. Cómo si alguna entidad desconocida, hubiera desenchufado mi cuerpo de una máquina.
 Todo me resultaba ajeno. Incluso mi propio cuerpo. 

Agustina.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Las nubes rompen en llanto
y sus lágrimas humedecen y mojan
todo a su paso.
Las hojas, trémulas por el viento,
trémulas por un suspiro
o por un aliento.
Mientras observo toda la escena,
desde el sosiego de mi habitación,
me parece escuchar una dulce canción.
Una melodía de la cual no me quejo,
me salva de sentirme como un vestido viejo.
Y aunque toda la música haya fluido,
esta lluvia me recuerda las grietas oscuras del olvido.
Tengo recuerdos al azar,
a los tristes no los puedo desviar.
Recuerdo y olvido, y viceversa, 
aunque la lluvia me tenga en ella inmersa.
Veo los charcos pisoteados por gente que pasa,
tengo frío y nadie me abraza.
Ahora es inefable la tristeza que siento,
y deseo que termine este tormento.


Agustina.

miércoles, 26 de agosto de 2020

Expresarse

Expresarse cura el alma,
La salva, la limpia.
Cualquier tipo de expresión.
El lenguaje ciertas veces resulta escaso,
Y lo que hacemos para afrontar dicha escasez,
Es inventar palabras.
Palabras como "Inefable".
Porque el ser humano no quiere reconocer
Su insuficiencia expresiva.
Pero con inventar no alcanza...
Nunca alcanza...
¿Acaso todos tenemos momentos dónde sufrimos alexitimia? 
Recurrimos a otros tipos de lenguaje
Como el corporal.
Abrazos, caricias, besos, golpes.
Acciones que nos salvan de lo inexpresivo. 
Pero no alcanza...
Porque nunca nada nos alcanza.

  Agustina.

jueves, 30 de julio de 2020

  Estoy encerrada en la oscuridad de mi cabeza. Todo lo que veo, son los errores que cometí en mi vida. Las veces que me equivoqué. Aquellas veces que con alguien peleé. Cuando a alguien lastimé.
 Mis buenas acciones desaparecen, y las malas toman su lugar. Hoy me considero más mala que buena. Hoy soy mi peor versión, la que me toca representar.
 Todos mis errores me carcomen la cabeza. Me recalcan que, de vez en cuando, merezco que me pasen cosa malas. Porque yo soy mala, y transmito negatividad. Hoy hago todo como no hay que hacerlo, y me castigo repitiendo que no sirvo para nada y que no puedo hacer correctamente las cosas. 
 Entonces lloro. Porque hoy, me siento una persona inútil e incapaz de hacer dos cosas a la vez. Las únicas cosas que hice a la vez, fueron llorar y pensar en negativo.
 Y cierro los ojos para no ver el mundo. Y apago mi cerebro para no pensar más. Y me duermo para olvidarme de todo... Hasta que despierte.


   Agustina. 

lunes, 27 de julio de 2020

Hasta que...

  Te miro a través de la ventana, mientras cae la nieve. Te subís al auto sin mirar atrás. Sin mirarme a mí. Porque parece que ya estás acostumbrado a mirarme todos los días. Todavía sostengo la taza de café con ambas manos, mientras el vapor calienta mi cara. Haces marcha atrás y seguís a toda velocidad, como si estuvieras llegando tarde. Vos nunca llegas tarde.

  Mi mirada se pierde en el asfalto, que tiene nieve en los costados, conectándose con el jardín del frente de nuestra casa. Cuando vuelvo a la realidad, doy un sorbo a mi taza y la dejo en la mesa ratona. Escucho el sonido de la tostadora y me levanto del sillón para terminar de preparar mi desayuno. Queso untable y mermelada de frambuesa. No existe mejor combinación para unas tostadas. Vuelvo a sentarme y enciendo el televisor para ver las noticias. Al ver que hay otra chica desaparecida, cambio de canal. La angustia me recorre todo el cuerpo y comienzo a temblar. Siento un escalofrío y trato de no recordar nada. Mi cabeza solo piensa en que tengo que terminar unas cosas del trabajo. Busco mi computadora y comienzo con todo lo que me quedó pendiente de ayer. 

  Luego de un par de horas, decido volver a encender el televisor, y me encuentro con mi película favorita en Fox, “La propuesta”. Decido dejarla para alegrar un poco este día gris. Daría todo por ser como la protagonista. Linda y exitosa. Pero mis posibilidades me permitieron ser correctora en Argentina. Por ahora no puedo darme el lujo de irme del país. Doy otro sorbo y me río por una de las escenas. Mirar esto es, definitivamente, un botón de “reiniciar el día”. Pienso en aquella tarde en la que nos casamos, la felicidad de ambos por estar ahí, comprometiéndonos hasta que la muerte nos separe. Recuerdo tu enorme sonrisa. Aquella que tanto me conquistó desde el día en que te conocí. Te veía sonreír y no podía creer que existiera algo tan hermoso. Siempre fuiste la única persona que conocía todos mis secretos.

  Termina la película y noto que se me caen lágrimas de emoción, como siempre. Si la hubiéramos visto juntos, hubieras dicho "Mi mujer siempre llora con lo mismo", mientras me secas las lágrimas. Tomo las cosas y las llevo a la cocina para lavarlas. Veo el reloj y me percato de que ya son las doce del mediodía. Tomo un par de cosas de la heladera y comienzo a preparar tortilla de papa, tu favorita, mientras espero a que llegues.

  Es casi la una y todavía no llegaste, entonces decido poner la mesa para que, al llegar, almuerces directamente. Pasa media hora, todavía nada. Te llamo pero me da directamente con el buzón. Pienso que quizás tenías mucho trabajo y tuviste que quedarte. Pero si vos nunca llegas tarde... Escucho el timbre y abro la puerta. Junto con tu reloj, me entregan las malas noticias. Tuviste un accidente, a dos cuadras de nuestra casa. Ibas muy rápido, como si fueras a llegar tarde... Cuando nunca lo hacías. Mientras proceso la información, doy las gracias y cierro la puerta. Al voltearme lo primero que veo es nuestra foto de aquel día que tanto pensaba hace unos minutos. Tu sonrisa, la que voy a ver solamente en fotografías o recuerdos. Nuestra promesa escrita en un papel... 

  ... Hasta que la muerte nos separe.



  Agustina.

 


viernes, 3 de julio de 2020

  Hoy es un jueves de invierno, en el cual hacen tres grados. Pero siento que hace más frío, porque no estás. Tu ausencia me congela el cuerpo, en especial mi alma. Ya no te veo en los rincones de la casa. Tampoco escucho tus silbidos, recreando mis canciones favoritas. El perro me mira confundido, como si me preguntara lo mismo que yo me pregunto, ¿Por qué te fuiste? Creí que estábamos en nuestro mejor momento, apoyándonos mutuamente en todo, organizando planes y viajes por todo el mundo. Creí que estábamos cumpliendo nuestros sueños.
  El frío me abraza y la soledad trata de consolarme. Quedaron un par de cosas tuyas, como por ejemplo, la remera que te robé para usarla de pijama. Ya no me apetece usarla. Me recuerda a vos, y a que ya no estás. Pienso en transformarla en un trapo, o donarla. Me parece sano hacerlo, para poder sanar yo la herida que vos me generaste.
  No tengo ganas ni de salir de la cama. Prefiero ahogarme en mis lágrimas y perderme en mis pensamientos. Me pongo lo auriculares y ruego que no aparezca nuestra canción. Y antes de terminar de decirlo, suena "Mírenla" de Ciro y los Persas. Me hundo en la melancolía, aguantando las ganas de llamarte y decirte que vuelvas, que la casa sin vos está vacía y que hace más frío si no me abrazas. Podría cambiar la canción y dejar de quejarme o llorar, pero por un lado me gusta saber que puedo tenerte conmigo a través de la música. Me gusta saber que todavía estás conmigo, a través de mis recuerdos.


Agustina.

lunes, 29 de junio de 2020

Insensible

  Cinco días después, miró por la ventana del hospital cómo caía la lluvia. Eso le recordaba aquella mañana en la que su madre la llevó a conocer el mar. La brisa acarició sus mejillas, y aquello le provocó una sonrisa. La arena entre los dedos le ponía los pelos de punta, pero al mojarlos en el mar, todos los problemas se iban. Lo malo era que eso había dejado de pasar. En la habitación sus sábanas estaban en el suelo. Nada la cubría. No le daba pudor demostrar su desnudes, se había acostumbrado un poco a que la vieran así. Se levantó de la cama y caminó hacia la ventana, dispuesta a mojarse. También dispuesta a saltar.
  Últimamente, no había sentido nada. Esos últimos días, ni siquiera la depresión tocó su puerta. La indiferencia no dejaba espacio para ningún otro sentimiento. ¿Acaso ella intentó sentirse mejor? Por supuesto que no, ¿Para qué? Los motivos eran escasos, no valía la pena molestarse. Tomó el último cigarrillo que le quedaba, y pensaba en lo poco que le importaba todo, mientras fumaba. Después de lo ocurrido, no dejó de considerar un posible suicidio. La tortura psicológica era lejos el motivo de su decisión. Disfrutaba la tortura que inconscientemente, o no, ella misma se generaba.
  No se percató de que una enfermera había ingresado al cuarto. La misma que le arrebató el encendedor y el poco cigarrillo que restaba. Evitó escuchar el sermón y pensó en formas de asesinar a esa chillona. Agotaba su paciencia cada vez que le dirigía la palabra. Sin importarle si seguía allí o no, dijo sus primeras palabras en varios días, "o cierras la puta boca o te ahorco". Le produjo satisfacción ver la palidez de su enfermera, quién se retiró rápidamente. Jamás le incomodó ver en qué se había transformado. Le atraía la idea de haber hecho un giro de ciento ochenta grados en su vida.
  Encontrarse en principios de anorexia no la preocupaba. Fue algo que ella misma provocó. No ingeria nada que no sea líquido. El suero la mantenía viva. Le hicieron creer que la anorexia solucionaba todos sus problemas. Y ella, les creyó. Y ella, defendió su creencia. Obligó a sus médicos deshacerse de todos los espejos de las zonas donde ella solía estar. Odiaba ver su reflejo. La volvía frágil como una rosa. Aquella fragilidad le recordaba su personalidad anterior, la cuál aborrecía. Volvió a la ventana, nuevamente dispuesta a mojarse, y a saltar. Consideró varias opciones para quitarse la vida. Todas le gustaban, y si fuera por ella, haría todas. Pero nadie revive. Mucho menos para deshacerse de aquella segunda oportunidad.
  Dió vueltas y vueltas al asunto. No por miedo, eso sí que no. Fue porque, por un extraño segundo, pensó en sus afectos. Le provocó náuseas ese pensamiento. Después de lo que pasó, no había vuelto a pensar en los demás. Borró aquello de su cabeza y se la golpeó para asegurarse de haberlo olvidado. Comenzó a divagar cada vez más. El miedo retornó, impidiendo que haga cualquier cosa que implicara salir de la cama. Aún desnuda, se sentó en el suelo y, después de cinco días, lloró. Volvió a sentir algo, como si hubiera conocido sus emociones ese mismo día. Se sintió débil. Frágil. Rota.
  Se llevó las manos a la cara, para cubrir su rostro. Nadie podía verla así, no quería poner en evidencia su debilidad. Todo lo que había pasado, le impedía pensar en otra cosa que no sea eso. Cómo si su cerebro estuviera bloqueado. Sintió lo que no había sentido en cinco días. Fue una tormenta de emociones. Tristeza. Rabia. Miedo. Pánico. Era mucho con lo que lidiar.
  Tembló mucho. No sabía cómo controlar el cuerpo. No sabía cómo controlar sus emociones. La situación se le escapaba de las manos, le era imposible manejarlo sola. Por primera vez desde que llegó, presionó el botón para llamar a un médico. Temía que nadie fuera, por el comportamiento que había tenido con todos ellos. Sin embargo, la enfermera a la cual había amenazado, se presentó en la habitación. La miró detenidamente y le pidió que respirara lo más profundo posible.
  Sentada, humillada y muy rota, intentó tranquilizarse. Quiso hablar, pero su enfermera le dijo que no lo hiciera, que se enfocara solamente en respirar. Pasaba el tiempo y la situación era la misma. Una en el suelo, otra de pie. Cuando creyó que por fin estaba todo el orden, sintió que el aire no entraba a su cuerpo. Haciendo de cuenta que no estaba respirando. Empezó a rasguñar su cuello, como si eso permitiera que fluya el aire. Desesperada, habló.
   - Me voy a morir. Me estoy muriendo.
  Dejó de ver con claridad y se desplomó en el suelo. Se dió por vencida y dejó que su cuerpo fluya como decidiera fluir. De todas formas, dormida o muerta, no sentiría absolutamente nada. Y así le gustaba ser. Insensible.



      Agustina.

martes, 16 de junio de 2020

Nunca se va

  El sol brilla, con gran intensidad, pero no me calienta. Yo me siento fría, sola, triste. Dicen que estar al sol, te transmite felicidad. Hoy compruebo, que no es así. Mis mejillas comienzan a calentarse un poco, y ya no hay rastro de lágrimas. Se desvaneció. Mi pelo vuela libre, hacia muchas direcciones, sin despegarse de mi cuero cabelludo. En estos momentos, yo también quisiera ser libre. Arranco pastitos mientras pienso muchas cosas. Pobres pastitos, no tienen la culpa de nada. Me gustaría mucho poder ver más allá del portón de mi casa. Todo el mundo que me estoy perdiendo por estar aprisionada en mi casa.
  Las nubes pasan, y sé que me miran con lástima. Si pudieran consolarme, lo harían. Me inunda la tristeza. Me abraza, me lleva a un lugar oscuro, donde a duras penas me veo las manos. La tristeza no se va. Está pegada a mí, no la puedo despegar. No me la puedo quitar de encima. Me absorbe todos los rayos de luz que me quedaban. Aquellos que me mantenían, dentro de todo, feliz. Aquellos que me distraían de esta pesadilla.
  Se me nubla la vista. Poco a poco, todo desaparece de mi campo visual. Lo único que distingo, es el negro de la oscuridad, y el frío que la acompaña. La historia se repite, como otras incontables veces Juro que creí que se había ido. Pero no. El pánico, nunca se va.

   Agustina.

domingo, 26 de abril de 2020

La señora Tita


  La casa estaba llena de recuerdos. Daba lástima verla en estado deplorable, daba lástima que envejeciera más y más. La casa más vieja del barrio, que había pertenecido a la abuela más dulce del mundo. Hace ya siete años nadie la habita. Parecía una casa de fantasmas, como en las películas. Todos los niños del barrio, habían pasado por esa casa. Su antigua dueña, la señora Tita, todas las tardes se sentaba en los escalones que daban a la calle. Los mismos escalones, que ahora están sucios, llenos de tierra. Se quedaba ahí toda la tarde, mientras veía pasar a los chicos. Y a todos, de vez en cuando, los invitaba a pasar a su casa a la hora de la merienda.
  Tita era la señora más querida de todo el vecindario. Si algún padre le llevaba un hijo para que lo cuidara, ella aceptaba encantada. Se notaba que amaba a los niños. Sus hijos la dejaron sola una vez que se fueron de casa. Tita se enteró por otras personas, que había sido abuela. Ni siquiera eso le dijeron. Siempre creímos que le gustaba invitar a los chicos del barrio a merendar, porque hacía de cuenta que eran sus nietos. Les contaba historias, cocinaba galletitas y budines, arreglaba su ropa y hasta les enseñaba a escribir. Un alma tan generosa, que la vida, a lo largo del tiempo, le devolvió todo lo que había dado. El día en el que Tita ganó la lotería, todos nos alegramos por ella. Y nos enojamos mucho cuando los buitres de sus hijos, aparecieron de la nada para visitar a su mamá.
  Todos sabíamos que, poco a poco, iban a quitarle todo el dinero a la pobre mujer. Le pedían cosas, muchas cosas. El mayor le pidió un campo, para que ella fuera a visitarlo y hacer lo que más le gustaba, que, según él, era ordeñar vacas. Cuando en realidad, lo que más apreciaba hacer, era mirar a los chicos del barrio mientras jugaban. Daban asco sus hijos, y más de un vecino se lo dijo, tanto a ella como a sus hijos. Tita sabía que sus hijos la habían buscado solo por el dinero, pero no le molestaba, porque pudo conocer a sus nietos gracias a eso.
  Muchos de nosotros, seguíamos yendo a la casa de Tita, porque siempre tenía la puerta abierta para todos. Pero sus hijos no nos permitían pasar. Nos decían que éramos irrespetuosos, que seguramente íbamos para pedirle dinero a su madre. Todos nos pusimos furiosos, pero mi enojo pasó los límites. Tomé por el cuello al hijo más grande y comencé a decirle que ellos eran las ratas inmundas que se aprovechaban del dinero de su madre, que eran una escoria y que no se merecían ni un cuarto de ese dinero. Me retiré triunfante.
  Por lo visto mis palabras y mis acciones, lograron que se fueran para siempre. Nunca más los volvimos a ver. Tita siguió siendo el mismo ángel de siempre. Fue ahí cuando le dijimos que no necesitaba a sus hijos para ser feliz y que, si ellos no sabían apreciarla, no se merecían nada de su parte.
  Pasaban los días y Tita no salía de su casa. Había dejado de salir a los escalones, y ya no miraba a nadie. Preocupados, decidimos ir a verla, teníamos miedo de que algo le hubiera pasado. La encontraron unos vecinos en el living, sentada en uno de sus sillones, mirando una de las tantas películas que tenía. Les había confesado que se sentía triste, que no tenía ganas de salir. Intentamos, uno por uno, animarla. Decirle que saliendo su tristeza iba a desaparecer. Pero no había caso. La vieja Tita no se asomaba ni siquiera por la ventana.
  Semanas más tarde, nos enteramos de que Tita había fallecido. El médico nos hizo preguntas, y sacó la conclusión de que estaba depresiva, que su cuerpo no pudo tolerar tanta tristeza. A día de hoy, no sabemos si fue porque no pudo volver a ver a sus hijos, o porque no pude ver más a sus nietos. Solo sabemos que realmente los amaba a pesar de todo. Como todas las madres.

sábado, 11 de abril de 2020

Carta pidiendo perdón

  Hola Agustina, ¿Cómo te sentís? Seguramente bien, porque todavía no sufrís problemas serios. Te escribo esta carta, para pedirte perdón. Sé que te defraudé, no hace falta que lo menciones. No, no me mires con esa cara. Quizás funcionaba con mamá y papá, pero conmigo no. Espero que guardes el berrinche para otro momento. Las dos sabemos que nos conocemos bien. De hecho, nos conozco bien. Sé que nunca vas a leer esta carta, porque vos ya no existís, formas parte de mi pasado. Pero, de igual manera, te escribo como si fueras a leer y entender algo de esto. 
  Querida y pequeña Agustina de siete años, te escribo desde el futuro. Ahora duplico tu edad, y tengo unos años más también. No, Zac Efron no vino a Argentina y se enamoró de mí. Si, Tomás forma parte de nuestra vida, pero como mejor amigo. Desde el futuro escucho tu corazón romperse por lo de Zac, perdón. 
  Recuerdo que queríamos publicar un libro antes de cumplir dieciocho. Bueno... Lamento decirte que ni siquiera pude terminar de escribir uno. No te enojes, dentro de unos años vas a conocer el porqué. Estoy trabajando mucho en uno, es una novela. Como si fuera un cuento, pero más largo y más entretenido. 
  Quiero pedirte perdón, por no haber hecho realidad nuestros sueños. Aunque tengo que admitir que eran algo inalcanzables, pero soñar no cuesta nada. Créeme que algún día, los voy a cumplir a todos. Exceptuando el de volar. Elimínalo de la lista. También quiero disculparme por no haber sido popular en principios de secundaria, como vos tanto querías por mirar videos de YouTube. Pero debo comunicarte, que en cuarto año comencé a ser una de las más conocidas del curso. Y no fue por ser linda, exactamente. Fue porque mi novio es bastante conocido. Si, tengo un novio. No, ya te dije antes que no es Zac Efron. Su nombre es Federico. Si pudieras leer esta carta, te diría que lo busques dentro de unos pocos años. Lo amarías mucho, al igual que yo. 
  Siguiendo con las disculpas. ¿Recuerdas que habías dicho que querías estudiar para ser maestra? Bueno, digamos que, actualmente, odias esa idea. Me inscribí y estoy estudiando Edición. Tranquila, está relacionado con los libros. En realidad, aún no empecé a estudiar. Este año 2020, si, ya sé que te parece muy lejano; hay un nuevo virus llamado coronavirus. Y tenemos que estar encerrados en nuestras casas. Aunque eso nunca fue problema para nosotras. En fin, no vas a ser ni maestra ni astronauta. Los intereses cambian Agus. Dentro de poco tiempo te va a pasar lo mismo. 
  Vas a cambiar muchas cosas. Si pudieras verme, dirías que solo me conoces por nuestra cara. Es que no cambió mucho que digamos. Pero no serías capaz de reconocerme por el cuerpo. Cambiamos más de lo que vas a creer a los catorce. 
  Y antes de despedirme, quiero disculparme por una última cosa. Mamá y papá donaron a Estrella, nuestra muñeca favorita. Les dije que prefería que alguien más la usara. Si vieras en donde estaba, te aseguro que hubieras hecho exactamente lo mismo. Vas a tener que aprender a soltar las cosas. No te imaginas la cantidad de cosas y personas, que vas a perder dentro de unos años. Prepara bien nuestro corazón y dile a mamá que compre muchos pañuelos descartables. 
  Te mando un beso enorme. 
 Atentamente: 
                          Agustina del futuro. 

martes, 24 de marzo de 2020

  Era un 16 de octubre de 1977 cuando la peor pesadilla de mi vida comenzó. Yo, Lira, estaba embarazada de siete meses, en un matrimonio feliz y corriente. Mi marido, Esteban, trabajaba en la comisaría de la ciudad. Por otro lado, yo me limitaba a estar en casa, limpiando, cocinando y acomodando las cosas. En un determinado momento de la tarde, tocaron la puerta. Fui a abrir y mi último pensamiento fue que podían ser militares. Apenas pude ver sus caras, ni siquiera me dejaron terminar de abrir la puerta. Me pusieron un bolsa en la cabeza y me subieron a un vehículo. 
  Nunca supe cuánto tiempo estuve viajando, y creo que nunca lo sabré. Constantemente oía voces, pero no decían nada, o quizás yo estaba negada a reconocer aquellas palabras. Me sentía muy aturdida, no podía parar de llorar porque tenía miedo. No sabía a dónde me estaban llevando, pero tenía la certeza de qué iba a pasar. Estaba destinada a las torturas.  
  No supe descifrar porqué. ¿Había conversado con algún sospechoso alguna vez? No podía recordarlo, aunque hacerlo no serviría de mucho. Ya me encontraba en camino a la pesadilla de cualquier argentino. 
  Recuerdo que cuando aquel vehículo frenó, comencé a temblar, muda, porque las palabras quedaron atascadas en mi garganta. Me tomaron del brazo y me bajaron a la fuerza, provocando que cayera. No les importó mi condición de embarazo, me golpearon de igual manera. Me sacaron la bolsa una vez dentro de aquel lúgubre y espantoso lugar. 
  Con mis ojos hinchados, pude ver qué no era la única embarazada, había muchas más. En un principio, ninguna se atrevía a hablar, un silencio ensordecedor se apoderó del lugar. Hacía frío y no había mucha luz, a duras penas nos mirábamos entre nosotras. 
  Comenzaron a llamarnos. Nos dijeron que unos doctores querían corroborar si nuestros embarazos iban bien. Y de ilusas, les creímos. Los golpes parecían perforar mi piel. Realmente eran como la mayoría creíamos: unas bestias. No existía compasión hacia nosotras. Podía escuchar constantemente los gritos de mis compañeras, los llantos y las súplicas. El silencio se inundaba con plegarias y lloriqueos, era un ambiente horrible.  


             *                        *                            * 

  Pasaron los meses, y no me habían soltado. Las mujeres iban y venían, pero yo siempre me quedaba. Mi marido nunca vino a verme. Mi familia nunca me reclamó. Yo, muerta de miedo, rogaba para que no me tocará, lo cual era inútil. Tenía moretones y cortes en todo el cuerpo. Vivía cansada porque apenas podía conciliar el sueño, y ya no tenía fuerzas para seguir. 
  No quise lamentarse cuando rompí bolsa, pero, lastimosamente, lo hice. Desesperada, grité y tardaron muchísimo tiempo en atenderme; tanto, que estuve a punto de dar a luz. Me golpearon mientras me decían que tendría que haber avisado antes, pero. ¿Cómo si ni siquiera eran capaces de escuchar mis súplicas? 
  Me llevaron a otra zona de aquel lugar. Incluso más horrible que la anterior. Tuve que dar a luz en unas pésimas condiciones, todo el lugar estaba sucio y seguramente muchas mujeres tuvieron que parir en el mismo lugar que yo. Probablemente nunca limpiaron aquella mesa fría.  
  No fue como yo lo había imaginado. En mi mente idealizaba un instante hermoso y emotivo, pero en la realidad, fue asqueroso y doloroso. Yo estaba segura de que el lugar irradiaba negatividad. Tenía la esperanza de que me dejaran sostener a mi precioso hijo, porque pude notar que tenía miembro masculino, pero no fue así. Me dejaron ahí, sola, con la visión de mi hijo, que no fue por mucho tiempo. Me dijeron que se lo iban a dar a mi familia, pero me negaba a creerles.  
  Volví al lugar de siempre. Estaba sola y ya no me apetecía vivir después de que se llevaran a mi niño a la fuerza. Mis ojos no daban abasto de tantas lágrimas, y mi garganta ya me dolía de tanto gritar. Me sentía devastada, sin ganas de seguir. 
  Pasaron unos pocos días del parto y me llamaron. Tenía miedo. Cuando llegué, ocurrió lo mismo. Me taparon la cabeza con una bolsa. Sentía que todo volvía a repetirse, pero ahora no tenía miedo, ni siquiera me importaba.  
  Me dejaron por ahí, no les importó mucho en dónde. Miré para todos lados paya ver si reconocía algo, algún cartel o alguna casa, pero no fue así. Me acerqué a una mujer de unos treinta y tantos años para preguntarle. “Esto es Belgrano señora”, eso fue lo que me dijo y sentí alivio. No estaba tan lejos como creía. Me daba pudor contarle lo que me había pasado, en ese momento el miedo abundó en mi y me fui. Caminé sin parar, me dolían las piernas. Quería llegar a casa y ver a mi marido para llorar y contarle el espanto que había vivido. 
  Veía todo tan diferente, ¿Cuánto tiempo habré estado? Dos meses seguro, porque tuve a mi hijo. ¿Estuve más? No lo sabía.  
  Llegué a mi hogar, después de unas cuantas horas. No tenía noción de absolutamente nada. Mi marido no lo podía creer cuando me vio. “Me dijeron que estabas muerta”. Se me cayó el mundo a mis pies. Ellos siempre mentían, no dejaban de hacerlo ni un segundo. Y yo no me animaba a decirle a Esteban todo lo que había pasado, pero cuando vio que no tenía panza y tampoco nuestro hijo en brazos, supuso lo que había ocurrido.  
  No pude terminar de contarlo todo. Me quebraba en lágrimas cada vez que empezaba, y ni siquiera llegaba a la mitad de lo ocurrido. Él no podía verme llorar, jamás lo toleró. Ambos éramos presos de la furia, la tristeza y la agonía. Habíamos buscado tanto tiempo un hijo… y nos lo arrebatan así sin más, como si ellos controlaran nuestras vidas.  
  Nunca pude contarle todo a Esteban, pero aún así, de alguna forma, comprendía mi dolor. Y por sobre todas las cosas, lo sentía conmigo. 


           *                        *                            * 

  Me dolía ver bebés de conocidas y desconocidas. No podía hacerlo sin llorar. Me odiaba a mí y a los militares. Se llevaron a nuestro bebé, mí bebé, lo único realmente propio que tenía. Me lamentaba día y noche, a todas horas, a veces lo único que hacía en el día era llorar. Esteban ya no sabía qué hacer para consolarme o para sacarme una sonrisa. Me había convertido en alguien que no conocía, estaba deprimida, podía notarlo, pero no quería admitirlo. Yo tenía el presentimiento de que algún día se me iría.  
  Una tarde decidimos salir a caminar, para distraerme un poco. Y pasó aquello que no podíamos creer. Se había anunciado que iban a haber elecciones ya que Galtieri renunció. Nos miramos sin poder creerlo, y por primera vez en mucho tiempo, sonreí. Terminaría, la pesadilla terminaría. Y quizás podría encontrar a mi bebé, a mi niño, a mi hijo. Tenía fe, esperanza, certeza, todo junto.  
  El día de las elecciones estaba nerviosa. No sabía qué iba a pasar, nadie lo sabía.  
  Estaban por anunciar quien había ganado, y tanto Esteban como yo estábamos nerviosos. Parecía que tardaban una eternidad para dar los resultados, hasta que en la radio se escuchó que Alfonsín era el nuevo presidente. Me desplomé de la felicidad, o eso creí yo. Y cuando escuchamos que se iba a hacer justicia por lo ocurrido, ambos nos pusimos a llorar.  
  Salí de casa y me encontré con mi vecina, que estaba igual de feliz que yo. Fue cuando entonces me dijo que ella se iba a unir al grupo Madres de plaza de Mayo. Le pregunté de qué iba, su respuesta me congeló la sangre. La acompañé sin dudarlo. Al llegar contemplé con mis ojos anonadados la cantidad de mujeres que buscaban sus hijos o nietos. Era un grupo inmenso y todas habíamos perdido lo que más queríamos con el corazón. Entre nosotras, nos ayudamos lo que más podíamos. Me sentí realizada cuando ayudé a una de las muchachas, sus ojos iluminados irradiaban una felicidad que te hacía llorar de emoción.  
  Yo seguí sin encontrarlo. Iba a llamarlo Patricio, ¿Cómo se llamará ahora? ¿Lo amarán? De pensarlo se me vuelven a escapar lágrimas, pero intento ser fuerte. Voy a seguir mi búsqueda. 
  Pasan los meses y no tengo señales, cada día que pasa pierdo más mis esperanzas. 


           *                        *                            * 

  Perdí la cuenta de los años que pasaron. Y perdí de lleno la esperanza, me di por vencida hoy 27 de julio de 1996. Lo mire a Esteban que ya había superado lo ocurrido, pues teníamos una hija de tres años y éramos felices. Pero yo continuaba dolida por la perdida de Patricio.  
  Mi vecina me había dicho que muchos eran jóvenes aún como para entender que sus padres podrían no ser sus padres, sino desconocidos. Pero a mí no me importaba, negaba que eso pudiera pasar. Estaba siendo egoísta con mi propio hijo, que horror de madre.  
  Me había olvidado por completo de todo cuando ocurrió. Se me acercó un joven y comenzó a hacerme preguntas relacionadas con lo que viví. Me incomodé y no pude responder todas sus preguntas, era raro hablar y decirlo en voz alta. Él me entendió y dejó de hacerlo, pero después tuve un pequeño destello de imaginación y me acerqué a él. “¿Dudas de que tus padres sean ellos realmente?”, su respuesta afirmativa me dió esperanza. “Me nombraron una tal Lira, pensaban que ella podría ser mi madre, pero no logro encontrarla”. Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez, de felicidad. Lo abracé y la principio no entendió. 
  Bastó con mirarlo bien a los ojos para que él también llorara. “Soy yo hijo, soy yo”, dije entre sollozos. Nos fundimos en un abrazo enorme. Me dijo que se llamaba Lucas y me preguntó cómo me hubiera gustado llamarlo, y le respondí. Me dijo que podía ser su segundo nombre, Lucas Patricio, y asentí. 
  Cuando llegué a casa, Esteban no entendía la situación, y al explicarle no pudo evitar caer sentado sobre la silla. Anonadado, se paró y abrazó a su hijo de unos 19 años, nuestro hijo perdido. Agradecí al tiempo, agradecí a mi vecina, pero sobre todo, agradecí a las madres de Plaza de Mayo. Ellas lo lograron, sé que fueron ellas. 
  Me sentía llena, completa y muy feliz. Mi pequeño Esteban estaba con nosotros y nos decía mamá y papá. Volví a creer en las segundas oportunidades y volví a tener fe. Si uno cree, con el tiempo las cosas pasan, y nos sorprenden. 


           Agustina.