La casa estaba llena de recuerdos. Daba
lástima verla en estado deplorable, daba lástima que envejeciera más y más. La
casa más vieja del barrio, que había pertenecido a la abuela más dulce del
mundo. Hace ya siete años nadie la habita. Parecía una casa de fantasmas, como
en las películas. Todos los niños del barrio, habían pasado por esa casa. Su
antigua dueña, la señora Tita, todas las tardes se sentaba en los escalones que
daban a la calle. Los mismos escalones, que ahora están sucios, llenos de
tierra. Se quedaba ahí toda la tarde, mientras veía pasar a los chicos. Y a
todos, de vez en cuando, los invitaba a pasar a su casa a la hora de la
merienda.
Tita
era la señora más querida de todo el vecindario. Si algún padre le llevaba un
hijo para que lo cuidara, ella aceptaba encantada. Se notaba que amaba a los
niños. Sus hijos la dejaron sola una vez que se fueron de casa. Tita se enteró
por otras personas, que había sido abuela. Ni siquiera eso le dijeron. Siempre
creímos que le gustaba invitar a los chicos del barrio a merendar, porque hacía
de cuenta que eran sus nietos. Les contaba historias, cocinaba galletitas y
budines, arreglaba su ropa y hasta les enseñaba a escribir. Un alma tan
generosa, que la vida, a lo largo del tiempo, le devolvió todo lo que había
dado. El día en el que Tita ganó la lotería, todos nos alegramos por ella. Y
nos enojamos mucho cuando los buitres de sus hijos, aparecieron de la nada para
visitar a su mamá.
Todos
sabíamos que, poco a poco, iban a quitarle todo el dinero a la pobre mujer. Le
pedían cosas, muchas cosas. El mayor le pidió un campo, para que ella fuera a
visitarlo y hacer lo que más le gustaba, que, según él, era ordeñar vacas. Cuando
en realidad, lo que más apreciaba hacer, era mirar a los chicos del barrio
mientras jugaban. Daban asco sus hijos, y más de un vecino se lo dijo, tanto a
ella como a sus hijos. Tita sabía que sus hijos la habían buscado solo por el
dinero, pero no le molestaba, porque pudo conocer a sus nietos gracias a eso.
Muchos
de nosotros, seguíamos yendo a la casa de Tita, porque siempre tenía la puerta
abierta para todos. Pero sus hijos no nos permitían pasar. Nos decían que
éramos irrespetuosos, que seguramente íbamos para pedirle dinero a su madre.
Todos nos pusimos furiosos, pero mi enojo pasó los límites. Tomé por el cuello
al hijo más grande y comencé a decirle que ellos eran las ratas inmundas que se
aprovechaban del dinero de su madre, que eran una escoria y que no se merecían
ni un cuarto de ese dinero. Me retiré triunfante.
Por lo
visto mis palabras y mis acciones, lograron que se fueran para siempre. Nunca
más los volvimos a ver. Tita siguió siendo el mismo ángel de siempre. Fue ahí
cuando le dijimos que no necesitaba a sus hijos para ser feliz y que, si ellos
no sabían apreciarla, no se merecían nada de su parte.
Pasaban los días y Tita no salía de su casa. Había dejado de salir a los
escalones, y ya no miraba a nadie. Preocupados, decidimos ir a verla, teníamos
miedo de que algo le hubiera pasado. La encontraron unos vecinos en el living,
sentada en uno de sus sillones, mirando una de las tantas películas que tenía.
Les había confesado que se sentía triste, que no tenía ganas de salir. Intentamos,
uno por uno, animarla. Decirle que saliendo su tristeza iba a desaparecer. Pero
no había caso. La vieja Tita no se asomaba ni siquiera por la ventana.
Semanas más tarde, nos enteramos de que Tita había fallecido. El médico
nos hizo preguntas, y sacó la conclusión de que estaba depresiva, que su cuerpo
no pudo tolerar tanta tristeza. A día de hoy, no sabemos si fue porque no pudo
volver a ver a sus hijos, o porque no pude ver más a sus nietos. Solo sabemos
que realmente los amaba a pesar de todo. Como todas las madres.
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