Me acuerdo muchas cosas de aquel día, peculiarmente, de la música que escuchaba en la eterna espera. Michael Jackson sonaba en mis auriculares a todo volumen, mientras los árboles perdían sus hojas. Y yo mentalmente las contaba. Tres hojas, diez hojas, dieciséis hojas. Perdía la cuenta y volvía a empezar, hasta que me cansé. En un determinado momento, me percaté de que la playlist se había terminado, ya te había esperado casi tres horas.
Pasaban los minutos y no aparecías. No quería irme para que no pensaras que me había cansado de esperar, porque no era el caso. Me detuve a mirar los minutos pasar, al igual que las nubes, que parecían ir a toda velocidad. El sol brillaba y me quemaba las mejillas. El viento soplaba y volaba mis pelos en miles de direcciones, los árboles se movían junto a él, lo que captaba toda mi atención.
Cuando el sol se escondiera, iba a irme. Tolero los atrasos, pero no de tantas horas.
No tenía más ideas para pasar el tiempo. Me limité a esperarte mientras escuchaba mi playlist por segunda vez.
Cuando la playlist terminara, iba a irme. El sol se escondía dentro de poco. Podía esperar un rato más.
Yo y mi enfermedad por esperar todo y a todos. No me gustaba que la otra persona se sintiera mal por tardar, por eso mismo, siempre esperé a cualquier persona que haya tenido planes conmigo. Fuera el tiempo que fuera.
Nunca me atreví a llamarte para saber dónde estabas. No sé porqué se me dió por hacerlo ese día, a esa hora. Te llamé y atendiste agitado. Al principio estaba preocupada, había creído que estabas corriendo para poder llegar. Pero el parámetro cambió cuando escuché más de una respiración.
Aturdida por la situación, decidí colgar. El sol no me quemaba. El viento no soplaba. Los árboles no se movían. Todo se detuvo, y el tiempo parecía haberlo hecho también.
No lloré. Solo sentí impotencia. Solo sentí que me rompía. Solo sentí que me desplomaba. Pero no lloré.
Me fuí y no te esperé. Nunca más volví a esperar a nadie. La playlist seguía sonando, pero yo no la escuchaba.
Sigo sin entender que fue lo que pasó. Y sigo creyendo que escuché mal a través del celular. Pasé por tu casa y te ví con alguien más. Y sigo creyendo, que ese alguien más, no era nadie.
Pero también, sigo sin llorar. Porque de tanto esperar, esperar y esperar a los demás, siempre me postergue a mí. Y no lloré, solamente porque no sabía lo que era llorar. De tanto postergarme a mí, postergue también mis emociones. Las cuales hasta ahora, sigo sin conocer.
Agustina.
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