Y te fuiste, me fuí, nos fuimos. Ambos seguimos caminos opuestos, vos por la izquierda y yo por la derecha. Te deseé mucha suerte y te dije por última vez que te quería, pero no lo escuchaste, porque fué un susurro de esos que son muy bajitos a causa de las lágrimas que brotan sin aviso. Me alejé del fin, que también era el inicio, el inicio de una nueva parte de mí vida, otra hoja en la que podía escribir.
No voy a negar que te lloré y te reviví en mí mente hasta que dejaste de doler, hasta que entendí que ya había pasado y que tenía que avanzar.
Me volví más extrovertida, la pasaba bien con mis amigos y tenía tiempo para mí. Me conocí y me amé, descubrí que soy buena para un montón de cosas que jamás me hubiese imaginado, fue un paso grande para mí y me sentí orgullosa. Todos me veían más feliz, más alegre, más viva.
Había dejado de llorar, de sentir que no era nadie. Dejé de hacerme la cabeza por millones de cosas y aprendí a dejar fluir todo.
Pero entonces te reencontré, y no eras el mismo, no era la misma, no éramos lo mismo. Cambiamos tanto que no podía reconocernos. Hablamos de nuestras aventuras y momentos tanto tristes como felices, nos matabamos de risa... Cómo era antes. Y nos miramos, transmitiendonos todo lo que alguna vez habíamos sentido, y con esa mirada quisimos encender llamas de lo que ya eran cenizas.
Ambos entendimos que era inevitable el reencuentro, que la tierra es redonda y que, en algún momento, la izquierda y la derecha se encuentran y se hacen uno. Fue entonces cuando volviste, volví, volvimos.
Agustina
Agustina
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